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Una sanisidrense de avanzada

María Josefa Petrona de Todos los Santos Sánchez de Velazco, conocida como Mariquita Sánchez, nació en Buenos Aires el 1° de noviembre de 1786, en la calle San José -actual Florida-, en el hogar de sus padres, el granadino, alcalde y regidor del Cabildo, don Cecilio Sánchez de Velazco y Jiménez Amador y doña Magdalena Trillo y Cárdenas. Esta última casada en primeras nupcias con Manuel del Arco Soldevilla, el hermano del marqués de Arco Hermoso, de quien había heredado una cuantiosa fortuna.

Llegado el año de 1784, don Cecilio Sánchez de Velazco había comprado una chacra en San Isidro a los herederos de Pedro de Olivares y Garaigorta, según la escritura notarial, "de doscientas varas [de frente por la legua]; lindan por una parte, con las de Dn Juan José Cruz, y por otra, con las del Glorioso San Isidro [las Tierras del Santo] en que se halla construida la Iglesia [...], agregando el notario que las dimensiones de la casa eran de "treinta y cinco varas de frente y otras tantas de fondo".

Fue por ello que, desde su niñez, Mariquita Sánchez habitó alternativamente en la casona porteña o en la chacra de San Isidro.

Ya adolescente Mariquita inició un sonado romance con su pariente, el alférez de fragata Martín Jacobo Thompson, con gran oposición de su padre que le tenía previsto otro candidato que gozaba de su preferencia.

No obstante esta adversidad, la niña no cejó en sus intenciones, lo que le valió que su progenitor la confinara en su quinta de San Isidro, a la que también se llegaba el impetuoso Thompson para mantener con ella secretos encuentros. Descubierto el juego, don Cecilio Sánchez de Velazco terminó por recluirla en la Santa Casa de Ejercicios de Buenos Aires.

Luego de tres largos años de oposición -disenso mediante-, el padre de Mariquita murió en 1802, por lo que los novios pudieron contraer matrimonio el 29 de junio de 1805 y traer cinco hijos al mundo: Clementina (1807), Juan (1809), Magdalena (1811), Florencia (1812) y Albina (1815).

A poco de casada, Mariquita debió soportar las desazones provocadas por la valerosa actuación de su marido durante las Invasiones Inglesas, demostrando ser una mujer a quien, al margen de sus ocupaciones familiares, le preocupaban los asuntos públicos, tema vedado a la esfera femenina por aquel entonces.

Por su parte, Thompson fue uno de los cabildantes del 22 de mayo de 1810 que se pronunciaron por la independencia, donando poco después 3 onzas de oro para equipar la expedición auxiliadora al Alto Perú.

Respondiendo a sus inquietudes culturales, Mariquita abrió las puertas de sus salones porteños recibiendo a intelectuales, científicos y extranjeros ilustres que descubrieron en la anfitriona una personalidad seductora y de singular ilustración.

A su casa de Buenos Aires concurrieron Liniers, Pueyrredon, San Martín, Alvear, Balcarce, Sarratea, Rivadavia, Brown, fray Cayetano Rodríguez, Esteban de Luca, Vicente López y Planes y Blas Parera, este último fue quien hizo escuchar por primera vez las estrofas del Himno Nacional en una de aquellas veladas.

A todo esto, Martín J. Thompson debió ausentarse del país para representarlo ante el gobierno de los Estados Unidos, embarcándose el 8 de febrero de 1816.

Sin saberlo, aquel fue el último día que Mariquita vio a su marido, ya que éste perdió la razón estando en Washington y murió en viaje de regreso.

Apenas seis meses después de aquel luctuoso suceso, Mariquita contrajo nuevo matrimonio, el 20 de abril de 1820, con Juan Bautista Washington de Mendeville. Llegado el año de 1829, a fin de saldar algunas acuciantes deudas económicas, debió vender la chacra de San Isidro, por un valor de 13.500 "de moneda corriente", cuya escritura notarial describe como una "propiedad situada en el Pueblo de San Isidro Labrador, sobre la barranca, con la casa, monte, cercos, zanjas, enseres, y con el terreno en que está construido dicho establecimiento de Chacra."

Mariquita Sánchez, comenzó una nueva vida social, siendo una de las fundadoras de la Sociedad de Beneficencia, ocupando los cargos de secretaria y presidente de esa benemérita institución.

Su amistad y coincidencias políticas con Rivadavia hicieron que colaborara entusiastamente con sus ideas e iniciativas, trabajando activamente para establecer las primeras escuelas para mujeres. Al respecto rescatamos estos conceptos de la carta que le enviara a su amigo, Esteban Echeverría: "Si en todas partes es difícil la educación de la mujer, entre nosotros y en la actualidad es más difícil aún, y lo mas triste es que nadie educa a los hombres".

En tiempos en que Juan Manuel de Rosas había implantado una política de mano férrea hacia sus adversarios, con quienes se sentía identificada, Mariquita advirtió el riesgo que corría de seguir permaneciendo en Buenos Aires. Fue así que resolvió en 1837 refugiarse en Montevideo. Al tomar conocimiento de su determinación, Rosas le envió una pequeña esquela en la que le preguntaba: "¿Por qué te vas, Mariquita?", y ella le respondió: "Por que te tengo miedo Juan Manuel".

Soportando las tristezas y vicisitudes propias de los emigrados, Mariquita permaneció en la vecina orilla. A todo esto, y para mayor desazón, su marido había sido reemplazado en su cargo de cónsul general en Buenos Aires, por lo que partió a Francia para gestionar otro destino diplomático. Nunca más se volverían a ver.

Luego de la batalla de Caseros regresó al país, reabriendo sus salones, donde reunió nuevamente a los intelectuales de su época, a la vez que se desempeñaba como inspectora de la Escuela Normal. Dueña de una cultura sobresaliente para aquellos tiempos, mantuvo una nutrida correspondencia con Esteban Echeverría, Juan Bautista Alberdi, Juan María Gutiérrez, siendo autora de unas memorias y poesías que aún no han sido publicadas, lo que le valió que Echeverría la distinguiera con el apodo de "Corina del Plata".

María Sánchez de Mendeville falleció en su casona de la calle Florida el viernes 23 de octubre de 1868 a los ochenta y dos años de edad, y sus restos descansan en el cementerio de la Recoleta.

(Fuente: Nueva Reseña Histórica del Partido de San Isidro, de Bernardo Lozier Almazán - Sammartino Ediciones.)

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VER: "Las cartas de Mariquita"

 

 

 

 

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