EN MEMORIA DE PABLO LUZZATI (PABLITO)

El 7 de Febrero de 2018 falleció en la ciudad de Buenos Aires, donde residía, el Bibliotecario Pablo Luzzati, nuestro auxiliar de Biblioteca. Para todos sus compañeros y para muchos de los investigadores era "Pablito". Un diminutivo que, bien lejos de empequeñecer su figura, la engrandecía en el afecto y el cariño que todos, sin excepción, sentíamos por él.

Su fallecimiento se produjo por las complicaciones surgidas luego de una caída, mientras se dirigía, como cada día de la semana, a cumplir sus tareas profesionales en la Quinta "Los Ombúes". Lo hacía en el transporte público, con Dora, su acompañante, probando con ello el cariño recíproco que él también sentía hacia su lugar de trabajo y hacia sus compañeros.

Desde hace ya bastante tiempo, Pablo nos acompañaba, también, los fines de semana, como un visitante más, en las actividades de la agenda del Museo. Se deleitaba con las recreaciones históricas y con las visitas al jardín y a la barranca.

Alguien nos señaló, acerca del carácter de Pablo, dos rasgos: el primero, su raro humorismo, complacido con frecuencia en las formas más abreviadas de la ironía. Un rasgo que evidenciaba el sustrato de su inteligencia, indispensable para que cualquier ironía sea eficaz y aguda. Casi todos nosotros fuimos, alguna vez, blanco de alguna de sus ironías. Pero si lograba enojarnos, lo perdonábamos rápidamente, porque él mismo buscaba esa reconciliación.

Pablo era, en este aspecto, tremendamente sensible y emocional. Y muy sociable. No perdía la oportunidad de hablar en francés (Pablo había nacido en Francia y allí había cursado su colegio primario), cuando visitantes de aquel país llegaban hasta la Quinta.

Otro rasgo que me señalaban en Pablo era el reflejo de ese impulso que empuja a los seres humanos a superar las barreras de las limitaciones físicas. Encuentro en ello un valor ético, un ejemplo digno de mención. Había ingresado a trabajar el 1 de Julio de 1995 en la primera sede de la Biblioteca y Archivo Histórico Municipal de San Isidro de la calle Ituzaingó, y estuvo hasta sus últimos días cumpliendo su tarea profesional.

Su persistente voluntad de concurrir al trabajo, más allá de los obstáculos que le presentara su salud, es prueba de ello. Y cuando debía ausentarse por algún examen clínico, ponía en aviso a Sergio y orientaba la tramitación de sus licencias.

Pablo era un ser metódico hasta en los detalles. Se comportaba, como muchas veces bromeábamos, como una suerte de reloj de nuestras horas en el Museo: sabíamos que infaliblemente eran las cuatro de la tarde, porque Pablito se llegaba hasta la cocina para su te o café vespertino, que tomaba en la taza de su amado Club River Plate.

También, durante mucho tiempo, Sandra recibía en su teléfono el llamado matinal de Pablo, con el sólo propósito de informamos que "ya estaba a bordo del tren"… Así, con esta simpleza casi infantil, anunciaba su inminente presencia, como un heraldo anuncia una visita importante. En su caso, la importancia radicaba en hacernos conocer que ese día, como todos los días, cumpliría con sus deberes laborales.

Y llegaba el Día de la dulzura con un bombón y el Día de la Primavera con flores para sus compañeras.

Y un día de truenos y lluvia, esperábamos atentamente su llegada porque sabíamos que no le gustaban. Porque Pablo era quien nos unía y nos hacía más solidarios como equipo, cuando todos, de alguna manera u otra nos preocupábamos por él.

Pero Pablo era, también, un profesional de la disciplina bibliotecológica. Graduado en la Universidad del Museo Social Argentino, tras una carrera cumplida con tenacidad y esmero, gracias al gran impulso de su abuela. Aquí, en la Quinta Los Ombúes, encontró un ámbito de desempeño adecuado a su formación y a su personalidad. Era un recurso humano diligente, discreto, callado y amable. Aún cuando su presencia se hiciera casi desapercibida, raramente los investigadores dejaban de notarla. Dicho con enorme cariño y respeto: era una parte humana de ese entrañable paisaje que es nuestra biblioteca.

¿Cómo será, desde ahora, ese paisaje sin Pablito?

Como dice el final de "El Principito", le plus beau et le plus triste paysage du monde… Porque allí Saint Exupéry se encontró con un niño luminoso y allí lo vio por última vez en la faz de la tierra. Del mismo modo que conocimos a Pablo Luzzati entre el paisaje de nuestros libros, allí lo vimos, por última vez, la semana pasada, con su sonrisa y su alegría.

Todos sus compañeros nos acordaremos de él cada día. Y lo sabemos de antemano, porque ya lo extrañamos.

Marcela P. Fugardo
Directora

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